Se despertó maldiciendo el caluroso encuentro, en una cama que nunca soñó humedecer. Castigándose con el látigo del remordimiento, Ana se dijo así misma aquella noche, esto no está bien. Un “no está bien” que no fue suyo, un no está bien que la marginada y absorbente sociedad le había impuesto como requisito de aceptación. Bastaron quince centímetros, y particulares movimientos para darse cuenta que llegar virgen al matrimonio es como negarse a catar diferentes cepas, para escoger el mejor vino.
Una abuela, una madre, cinco hermanas, una familia, y una estúpida creencia que el valor de la mujer descasa sobre el himen, fue con lo que chocó aquella noche cuando se encontró ebria, conversando con su joven asistente, en la fiesta de fin de año de la empresa para la que trabaja.
Ana siempre fue una mujer ejemplar, fue a una de las mejores universidades, se destacó como estudiante con inigualables calificaciones, graduó con méritos en sus estudios de posgrados, complicaciones laborales no existieron para ella puesto que encontró trabajo una vez terminó su estudios; nunca fumo, de la vida mundana disfruto con amigos bajo estrictos principios, de novios o afearse se le contabilizaron poco, al primer tropiezo con algo duro rosándole, se alejaba. A los 26 años encontró un hombre con igual trayectoria, se casó, tuvo dos hijos, y no supo que era un orgasmo, hasta que se encontró debajo de las sabanas de su eficiente asistente.
No hay que ser una puta para ser feliz, le dijo alguna vez su amiga Cecilia, hay que probar para valorar, y escoger siempre bajo el criterio de una satisfacción propia. A estas palabras Ana siempre cerró sus oídos, como el ateo que simula escuchar al cristiano. La importancia del sexo en la relaciones ostentaba para ella una proporción del 30 o quizás el 20%, el sexo no lo es todo la escuche tristemente decir algún día.
La efectividad sexual del consorte le hizo cosquilla hasta el primer año de casados. El hombre perfecto con futuro prometedor, halagado por su familia y envidiado por sus mojigatas amigas, se venía en menos de dos minutos. La sensación de quedar con ganas de continuar, fue lo que puso a pensar a Ana en que algo está fallando, en que su marido no estaba cumpliendo a cabalidad con sus obligaciones conyugales en la cama, no porque no las hiciera, si no por algo más triste, las hiciera a media.
Pero bueno, además de esa amarga sensación de quedar iniciada, ¿qué criterios tenía Ana para juzgar la calidad sexual de su marido? Ninguno. Jamás había visto el diámetro, el color, la longitud, y mucho menos los movimientos de otro miembro que no fuera el de su esposo. Todo gracias a la fantástica tradición, del “debes llegar virgen al matrimonio”. Fue hasta entonces, cuando se vio insatisfecha, que Ana recordó a su vieja amiga Cecilia.
Decepcionada, intrigada y bajo la ayuda de unas copas, aquella noche de fiesta, Ana se arriesgó sin recelo, se dejó seducir por sus instintos más bajos. Se montó en el carro de su asistente, lo besó, palpó con su mano el protuberante realce que armaba entre su pantalón, a los pocos minutos, se vio gimiendo, exaltada de placer en una cama que nunca pensó humedecer.
Por obvias razones, del matrimonio le quedó poco, la constante infidelidad con su asistente fue completamente evidente. En poco tiempo Ana pasó a ser madre soltera, divorciada, y marginada por su abuela, su madre, sus cinco hermanas, y toda la familia, todo, gracias a la estúpida creencia que el valor de la mujer descasa sobre el himen.