miércoles, 22 de febrero de 2012

La Fantástica Idea De Llegar Virgen Al Matrimonio

Se despertó maldiciendo el caluroso encuentro, en una cama que nunca soñó humedecer. Castigándose con el látigo del remordimiento, Ana se dijo así misma aquella noche, esto no está bien. Un “no está bien” que no fue suyo, un no está bien que la marginada y absorbente sociedad le había impuesto como requisito de aceptación. Bastaron quince centímetros, y particulares movimientos para darse cuenta que llegar virgen al matrimonio es como negarse a catar diferentes cepas, para escoger el mejor vino.
Una abuela, una madre, cinco hermanas, una familia, y una estúpida creencia que el valor de la mujer descasa sobre el himen, fue con lo que chocó aquella noche cuando se encontró ebria, conversando con su joven asistente, en la fiesta de fin de año de la empresa para la que trabaja.
Ana siempre fue una mujer ejemplar, fue a una de las mejores universidades, se destacó como estudiante con inigualables calificaciones, graduó con méritos en sus estudios de posgrados, complicaciones laborales no existieron para ella puesto que encontró trabajo una vez terminó su estudios; nunca fumo, de la vida mundana disfruto con amigos bajo estrictos principios, de novios o afearse se le contabilizaron poco, al primer tropiezo con algo duro rosándole, se alejaba. A los 26 años encontró un hombre con igual trayectoria, se casó, tuvo dos hijos, y no supo que era un orgasmo, hasta que se encontró debajo de las sabanas de su eficiente asistente.
No hay que ser una puta para ser feliz, le dijo alguna vez su amiga Cecilia, hay que probar para valorar, y escoger siempre bajo el criterio de una satisfacción propia. A estas palabras Ana siempre cerró sus oídos, como el ateo que simula escuchar al cristiano. La importancia del sexo en la relaciones ostentaba para ella una proporción del 30 o quizás el 20%, el sexo no lo es todo la escuche tristemente decir algún día.
La efectividad sexual del consorte le hizo cosquilla hasta el primer año de casados. El hombre perfecto con futuro prometedor, halagado por su familia y envidiado por sus mojigatas amigas, se venía en menos de dos minutos. La sensación de quedar con ganas de continuar, fue lo que puso a pensar a Ana en que algo está fallando, en que su marido no estaba cumpliendo a cabalidad con sus obligaciones conyugales en la cama, no porque no las hiciera, si no por algo más triste, las hiciera a media.
Pero bueno, además de esa amarga sensación de quedar iniciada, ¿qué criterios tenía Ana para juzgar la calidad sexual de su marido? Ninguno. Jamás había visto el diámetro, el color, la longitud, y mucho menos los movimientos de otro miembro que no fuera el de su esposo. Todo gracias a la fantástica tradición, del “debes llegar virgen al matrimonio”. Fue hasta entonces, cuando se vio insatisfecha, que Ana recordó a su vieja amiga Cecilia.
Decepcionada, intrigada y bajo la ayuda de unas copas, aquella noche de fiesta, Ana se arriesgó sin recelo, se dejó seducir por sus instintos más bajos. Se montó en el carro de su asistente, lo besó, palpó con su mano el protuberante realce que armaba entre su pantalón, a los pocos minutos, se vio gimiendo, exaltada de placer en una cama que nunca pensó humedecer.
Por obvias razones, del matrimonio le quedó poco, la constante infidelidad con su asistente fue completamente evidente. En poco tiempo Ana pasó a ser madre soltera, divorciada, y marginada por su abuela, su madre, sus cinco hermanas, y toda la familia, todo, gracias a la estúpida creencia que el valor de la mujer descasa sobre el himen.

viernes, 17 de febrero de 2012

Amor a Color

Los carcome la envidia que genera su Arte, los descontrola el placer de lisonjas, y los une un amor maloliente. Porque ella carga consigo el yugo de una traición. Eso fue lo único que pude enhebrar con el lápiz, aquella noche que trate de relatar la última hazaña entre sus brazos. Hoy lo encontré en mi buró y lo cuento así para ti:
Solté las trenzas como una señal de partida, estaba lista para darle cumplida ejecución a esa fantasía que por años merodeó mi cabeza, frente a mis ojos estaba él, desnudo tendiendo un liencillo de cuatro por cuatro que alcanzaba a cubrir todo el garaje de su casa en Coyoacan. Cinco potes de pinturas, de distintos colores nos acompañaban, los mismos que él y yo habíamos escogido como armas para librar la batalla sobre aquel pálido liencillo, que por un par de minutos esperó con fuertes ansias las caricias del color.
Una luz tenue, el lienzo tendido, latas de pintura a rebosar, el vino, sus copas, y nosotros despojados de toda indumentaria, daban pie para testificar que el escenario estaba listo para que el regodeo jugara una puesta en escena implacable. Desnudos, sentados sobre aquel lienzo las miradas marcaron un mismo rumbo y los besos fueron testigos de tan soberbia pasión, el subconsciente de cada uno hizo el conteo regresivo y la acción comenzó; él, con el blanco destilando entre sus gruesos dedos, que improvisaban como pinceles, sucumbió mi equilibrio al tocar mis pezones, la respuesta a ese ataque la pinte con azul, de celeste maticé su prepucio con un vaivén continuo de su asta viril entre mis manos y fue entonces, cuando los jadeos orquestaron el ambiente de ese amor en color.
El circulo cromático se divisó en nuestros cuerpos aquella noche de abril, la amalgama de colores y figuras inexactas quedaron una a una plasmada en el inmenso telón cuando las caricias nos hicieron volcar de un lugar a otro, de una esquina a la orilla, del cetro hacia el sur, y de abajo hacia arriba cuando encontrábamos la cima.

Hastiados de placer terminamos la batalla, los suspiros susurraron y el silencio regresó, las miradas se perdieron y la mente capturó en un solo formato aquella fantasía ejecutada. El amor, el placer y el color pusieron su sello de cómplices en aquella aventura, en las esquinas de tan significativo y majestuoso cuadro, yo firmé como Frida Kalho y él como Diego Rivera


miércoles, 1 de febrero de 2012

A La Absurda Teoría: Chiquito Pero Juguetón

Los hombres no se van a escapar de mis inescrupulosos escritos, llegó el turno de hablar de ellos, de la cosa que más quieren después de sus madres: Su Verga, su amiga lujuriosa que los acompaña en sus aventuras sexuales. Frente al tema de los hombres y su asta viril voy hablar de aquella teoría filosófica del hombre acomplejado por el tamaño “chiquito pero juguetón”. No sé quien diablo creyó que dicha teoría se podía aplicar a las actividades del miembro masculino, estoy completamente segura que de una mujer no salió la idea, y más segura aun, que su creador fue uno de esos que entre las piernas cargan un pequeño chito.
Seamos sinceros, o por lo menos lo seré yo en estas líneas, si aplicamos la teoría a lo literal de sus palabras, la teoría resulta completamente errada, partiendo del hecho que una verga verdaderamente “chiquita” jamás alcanzará a penetrar la vagina, en una posición en cuatro (la postura del Perrito o en cuatro, se hace un requisito sine qua non en una buena relación sexual). Las altas dosis de placer de la posición han sido comprobadas científicamente, ella evoca nuestros instintos animales, despertando los pensamientos más bajos, expresados en inconfundibles orquestas de jadeos. Partiendo de lo anterior, preguntémonos entonces, si un miembro masculino no da para realizar la posición más placentera, ¿es cierto aquello “chiquito pero juguetón”? ¿Terminamos satisfechas nosotras las mujeres? Pues NO. Ahora, más bien creo que cuando se refieren a “chiquito pero juguetón”, no se refieren al tamaño del miembro masculino, se refieren a todas las tareas diferentes que LES TOCA hacer para suplirlo. Juguetones los dedos, juguetona la lengua. Al hombre con una verga chiquita le es necesario complementar, para no quedar con abominable título de mal polvo.
Tampoco pensemos que las mujeres nos desvelamos por las negras ejemplares como la del Tino Asprilla, no, el tamaño es importante hasta una medida justa, que no maltrate, pero que se sienta. No saber diferenciar si lo que te están penetrando es el dedo índice o la verga, es bastante desconsolador para nostras las mujeres, igual nunca falta la idiota que por amor, se aguanta un pene-chito.
En fin, amigo acomplejado por su miembro, anímese, no se acongoje por el ridículo tamaño de su asta viril, más bien póngase a jugar play statation para darle destreza a sus dedos, y mientras lo hace, saque la lengua y muévala. Eso lo ayudará a ser, medianamente feliz. O al menos, mejor polvo.