viernes, 17 de febrero de 2012

Amor a Color

Los carcome la envidia que genera su Arte, los descontrola el placer de lisonjas, y los une un amor maloliente. Porque ella carga consigo el yugo de una traición. Eso fue lo único que pude enhebrar con el lápiz, aquella noche que trate de relatar la última hazaña entre sus brazos. Hoy lo encontré en mi buró y lo cuento así para ti:
Solté las trenzas como una señal de partida, estaba lista para darle cumplida ejecución a esa fantasía que por años merodeó mi cabeza, frente a mis ojos estaba él, desnudo tendiendo un liencillo de cuatro por cuatro que alcanzaba a cubrir todo el garaje de su casa en Coyoacan. Cinco potes de pinturas, de distintos colores nos acompañaban, los mismos que él y yo habíamos escogido como armas para librar la batalla sobre aquel pálido liencillo, que por un par de minutos esperó con fuertes ansias las caricias del color.
Una luz tenue, el lienzo tendido, latas de pintura a rebosar, el vino, sus copas, y nosotros despojados de toda indumentaria, daban pie para testificar que el escenario estaba listo para que el regodeo jugara una puesta en escena implacable. Desnudos, sentados sobre aquel lienzo las miradas marcaron un mismo rumbo y los besos fueron testigos de tan soberbia pasión, el subconsciente de cada uno hizo el conteo regresivo y la acción comenzó; él, con el blanco destilando entre sus gruesos dedos, que improvisaban como pinceles, sucumbió mi equilibrio al tocar mis pezones, la respuesta a ese ataque la pinte con azul, de celeste maticé su prepucio con un vaivén continuo de su asta viril entre mis manos y fue entonces, cuando los jadeos orquestaron el ambiente de ese amor en color.
El circulo cromático se divisó en nuestros cuerpos aquella noche de abril, la amalgama de colores y figuras inexactas quedaron una a una plasmada en el inmenso telón cuando las caricias nos hicieron volcar de un lugar a otro, de una esquina a la orilla, del cetro hacia el sur, y de abajo hacia arriba cuando encontrábamos la cima.

Hastiados de placer terminamos la batalla, los suspiros susurraron y el silencio regresó, las miradas se perdieron y la mente capturó en un solo formato aquella fantasía ejecutada. El amor, el placer y el color pusieron su sello de cómplices en aquella aventura, en las esquinas de tan significativo y majestuoso cuadro, yo firmé como Frida Kalho y él como Diego Rivera


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